Mateo Rinaldi es jugador de Kimberley de Mar del Plata. El zaguero central habló en Hora Cero en la previa del duelo frente a Newell's por Copa Argentina. Si bien se mostró entusiasmado con la chance de enfrentar al equipo de Cristian Fabbiani, mostró una emoción muy grande en la charla y la misma nada tuvo que ver con el fútbol. Es que el joven nacido en General La Madrid, provincia de Buenos Aires en el año 2000, confió que su padre, Jorge Rinaldi, es ex combatiente de Malvinas. Y claro está que él junto a su familia y como la de todos los que estuvieron en la isla allá por 1982 viven todos los 2 de abril con mucha emoción.
Rinaldi, jugador y preparador físico en Kimberley, contó que a su padre le cuesta hablar de lo que vivió en la guerra. "No le puedo extraer muchas palabras, siempre que le hablo esquiva las preguntas. Hemos tenido charlas a solas, nos hemos emocionado los dos", comentó el futbolista que este jueves tratará de frenar los embates de Charly González, Mateo Silvetti y compañia.
El futbolista que llegó al conjunto marplatense a finales de 2023 y que apenas un par de meses después logró con su equipo el ascenso al Torneo Federal A no solamente juega al fútbol y entrena, sino que escribe sobre lo que "imagina" tuvo que vivir su padre en las islas. Contó que cada vez que lo hace se lo manda a Jorge y que su padre se encarga de pasárselo a sus compañeros de batalla y hablan sobre las palabras que Mateo dibuja con emoción en el papel.
En charla con el programa que se emite todas las medianoche en Radio 2, Rinaldi compartió un extenso texto de su autoría con motivo de este 2 de abril:
En la radio dijeron mi documento, mi identidad, mi esqueleto envuelto de masa magra y grasa, mi ilusión -combinada con mi ingenuidad- de querer estar presente en la infatigable colimba. Los números específicos ya indicaban a dónde ibas a ir. En esta ocasión me tocó "Infantería Marina, sección perros de guerra" La curiosidad comenzaba a emerger en mi cuerpo. ¿Con un perro? No puedo cuidarme a mí y voy a ir con un animal doméstico. Sí, la realidad es que por el contexto, el momento que se estaba viviendo, tenía que hacer frente a mis suposiciones e ir con el mejor de mis empeños.
Pasados los meses, el cariño, las riñas, las peleas y los amores fueron forjando mi amistad con Nick, ese horizontal de 4 patas, con dos orejas inmensas y la mirada transformada, cuando respondía a mi señal. Honestidad bruta en sus expresiones. A través de sus ojos podía observar que brillaba el principio indestructible que hay en ellos. No necesitaba hablar para saber lo que él sentía, lo que percibió, las inquietudes que tenía, una olfateada interminable cuando pasabas varias horas sin estar con él en algún tipo de descanso que solíamos tomar. Se desvive por mí, siente que no me puede faltar, soy su guía, soy su superstición, soy su esperanza de una vida mejor, la señal que espera para atacar o retroceder según mande la ocasión.
El presidente de facto comunicó con gran exaltación el desembarco de tropas nacionales en las Islas Malvinas. El discurso me conmueve, Nick me mira desorientado, intentando comprender la situación. Con su trompa -de gran tamaño- me mueve el brazo izquierdo que apoyado en la rodilla resiste el primer embiste. Al segundo casi se cae. Al tercero se va hacia su lomo.
Él quiere ser parte de mi sentir, quiere que lo acaricie, no que yo lo sienta, sino que él me interiorice al palparlo yo, al fregarme de sus pelos duros como hormigón. Él intenta saber la cuestión de mi pasión, de mi interés por esas palabras tan religiosas como mundanas, tan embriagadas de exclamación, rebalsadas de emoción, rociadas por el miedo, la verdad se disfraza de ilusión para influir en la voluntad ¡Ay, la pasión de los Argentinos!
Salimos en épocas de pascuas con un ARA que se dirigía a las islas, ya se sentía un frío apremiante que traspasaba todo tipo de tela que cubría mi cuerpo. Nick, por su parte, viajaba abajo, seguramente perdido, sin su guía, sin su respaldar. Pasadas algunas horas, empezamos a ver a los lejos tierra una tierra árida, cruda, en partes pastosas y en otras, arenosas, “la preocupación es escasa cuando la creencia es ferviente” pensaba yo. No había nada que me impida estar ahí, me inflaba el pecho cada vez que me imaginaba las caras de mis seres queridos con el orgullo que me merecía estar ahí. Pero algo en mi cabeza me revoloteaba desde la primera vez que escuché mi documento nacional de identidad en la emisora radial, una voz muy delgada e ínfima detrás de mi oreja izquierda me empezaba a comentar “¿por qué a mí?”. Hice caso omiso, siguiendo mi fiel compromiso, con la superstición de que gracias a Dios estaba entrando al campo de batalla.
Dentro de esas islas de dimensiones diminutas vistas de un mapa, pero increíblemente interminable pisando su suelo; yacía un ambiente silencioso, calmo. Me recordaba a mi pueblo, a mi campo, con unos 20 grados menos, pero no me importaba. No me importaba la sensación térmica, la calamidad, la muerte, no me importaba nada de eso, era indestructible si tenía un pueblo, Nick y a Dios de mi lado.
El sol de los días solamente sirve de luz, porque nuestros calores son solo mentales. Es la primera vez que lo veo a Nick con recelo, con cautela, incluso con cierto temor, sin que se le vea esa lengua larga llena de babas cayendo por encima de mis manos. Tenía la mirada fija en el horizonte, en el sol que no llegaba a enceguecer por alguna bruma que se sostenía, parecía que pensaba, que reflexionaba sobre la situación, pero todo se esfumaba cuando escuchaba mi llamado. La humedad en los pies empieza a refrescar nuestros esqueletos, el temblequeo era insostenible, mi almohada de barro no me dejaba apaciguar ni siquiera una calma voraz, las mantas tapadas de humedad y suciedad no hacían más que aumentar su pesadez, hundido en el barro sereno y tranquilo, calmo, pero atento. En esa calma volvía algo más nítido, más fuerte, más impaciente, quizás. "¿Por qué a mí?"
Pasan los días y la paz empieza a alborotar, demasiada tranquilidad. Era evidente que se venía algo en ese brumoso ambiente. Efectivamente, después de 22 días, el primer ataque Inglés a Puerto Argentino. Noche interminable, de tierra que temblaba como mi organismo. No sabía donde estaba. El zumbido de las explosiones cerca de mí, son vidrios rotos en mis oídos. La sensación de estar en un zamba lleno de gritos y sangre. Mis manos se enterraban en mi cabeza como queriendo sostenerla.No quería estar en su cuello, su fiel cuello. No se podía ver, nos quedaba aferrarnos a algo, a Dios, ese Dios infinito, ese Dios que amo, pero que quizás no me ame tal cual lo siento, porque parecía no estar cuando se nos congelaba el alma del frío abismal, parecía que se perdía entre las estrellas de velocidades incalculables, que sonaban cerca de nuestros cuerpos. Quizás quería Dios que estemos rápido con él, con su alma, pero lamentablemente somos finitos, somos permeables, somos humanos, nos arriesgamos a vivir, necesitamos vivir, no asumimos la culpa, no nos engañamos en creer que somos tan poderosos para controlar nuestra naturaleza, la afrontamos, sea cual sea nuestro destino. Sentimos el placer en la ceguera de un futuro inminente, inmediato, que no me daba tiempo a pensar, a creer, a rezar, solo a vivir, a tratar de estar vivo.
Mi cuerpo se encontraba liberado, ligeramente liberado, despojado de una fuerza que antes sentía, que me sostenía, me contenía, y a la vez me pedía irse. En el momento de pausa de la embestida Británica, me imploró la sensación nuevamente de tranquilidad, de un mar pausado sin corriente, solo el murmullo de
un viento tímido que me invitaba a dejar de alborotarme, a volver a sumergirme en la somnolencia de los primeros días, la certidumbre de resultar vencido.
Vuelvo a estar en mí, renuevo mis esperanzas, pero enseguida me doy cuenta de que Nick no estaba. Mi compañero de sufrimiento se me había ido, se me esfumó, quizás queriendo hacerle frente a los misiles, quizás asumiendo su sacrificio, el motivo por el que había ido, para que lo habían asignado, sin ningún número de documento que lo identifique, sin ningún pensamiento que añore, sin ninguna religión. Pero -llamativamente- parecía religioso, creyente. Se sacrificó por su profeta, por mí, por su Dios. A él le había indicado una misión, la misión de amar, la misión de seguir la naturaleza de su instinto, de jugarse la piel, su piel peluda, dura y tiesa, en el fondo, pensaba como Procusto: "El amor sin sacrificio es robo".
“A los combatientes, aquellos férreos creyentes de su voluntad, de nuestra voluntad, servidumbres de una nación enmudecida que los espero con gestos secos, austeros e indiferentes”.
Juan Mateo