Candelaria Schamun es periodista y escritora. En su último libro, Ese que fui. Expediente de una rebelión corporal (Sudamericana) relata su historia. Nació como Esteban. A los tres meses, la ingresaron por primera vez a un quirófano para una cirugía (“mutilación”) genital con el fin de “normalizar” una anatomía que para la medicina estaba fallada. Cuando salió del hospital, era María Candelaria.

Hoy tiene 41 años.

En Ese que fui, narra en primera persona la búsqueda de su identidad, atravesada por los silencios, la ciencia, la heteronorma, la fe, el Estado y un diagnóstico: hiperplasia suprarrenal congénita con pérdida de sal. En la novela biográfica ofrece también el relato de la amorosidad de ciertos vínculos en los que halló "una reparación", un modo de habitarse como persona intersex.

En mi cuerpo mutilado vive otro ser. Un ser borrado. Un desaparecido. Soy un cuerpo en plural, un DNI archivado, un expediente judicial, la soledad de un cuarto de hospital («Ese que fui»).

Ese que fui es un libro que llama a la reflexión, que interpela", afirma Candelaria Schamun en diálogo con Rosario3.

“Hace mucho tiempo que lo vengo escribiendo, de la manera que podía. Lo empecé bajo el seudónimo de «Vera». No podía apropiarme de mi historia, hasta que, en el Encuentro Nacional de Mujeres del 2019, fui a un taller de intersexualidad. Ahí me cayeron un montón de fichas. Tomé el compromiso de escribirlo en primera persona”, continúa la también autora de Cordero de Dios. El caso Candela (Marea Editorial).

Consultada sobre el momento en el que percibió por primera vez que no estaba “fallada”, que era más un objeto de la ciencia que sujeta, la entrevistada recuerda el hallazgo de una carpeta verde en el escritorio de su papá con una partida de nacimiento. "Decía: «Schamun, Esteban». Y mi misma fecha de nacimiento, 5 del 10 de 1981. Ahí, todas las preguntas que me acompañaban desde la niñez, las cirugías que recordé, de los 12 a los 17 años, me llevaron a la conclusión de que esa persona era yo”.

Creo que uno no pregunta lo que no puede soportar como mecanismo de defensa, como una herramienta de supervivencia"

Guardé ese secreto durante 17 años –continúa–. De vez en cuando, hablaba con algunas personas desconocidas o amigos muy allegados, pero no tenía nada. De a poco, con psicoanálisis, pude enfrentar a mi vieja y preguntarle qué era lo que había pasado. Ella me escribió una carta en la que me contó cuál había sido la situación. Desde ahí empecé a investigar, atar cabos para buscar mi verdadera identidad”.

—¿Por cuántas cirugías pasaste?
—Cuatro. Una cuando era un bebé. Me mutilaron los genitales para que, en apariencia, sean “de mujer”. Después, tuve otra a los doce años, por la que arrastré una incontinencia urinaria que me acompañó unos cuantos años. Eso fue muy traumático. Y otra a los 17 (para “corregir” la intervención antes citada). Me mutilaron. Me hicieron cirugías que no eran necesarias.

—¿Cómo fue el proceso de conocer y entender quién eras?
—Durante muchísimos años, no me hacía esa pregunta. Después de todo este tiempo de investigación y de mirar en perspectiva todo lo que pasó, creo que llegué a una hipótesis: uno no pregunta lo que no puede soportar. Me parece que yo, (no pregunté) como mecanismo de defensa, como herramienta de supervivencia. Mis viejos hicieron todo lo que estuvo a su alcance para brindarme una vida súper feliz, que la tuve, a pesar de estas partes oscuras. Siempre me pregunto cómo quedaban mis viejos cada vez que me tenían que dejar ir a la colonia de vacaciones o a un lugar donde ellos no estaban al alcance de la mano. La escritura y el psicoanálisis me hicieron entender que ellos fueron guiados por un discurso médico y lo acataron porque creían que eso que estaban haciendo era para darme más calidad de vida. Este libro también es un regalo para ellos, un reconocimiento para mis hermanos y para toda mi familia. Escribir este libro me dio una sensación de mucha reparación y de muchísimo alivio.

A esas personas a las que se las niega solamente por no encajar, para que la mirada del otro sea más apacible, están sacándole el derecho a gozar"

—Después de leerte, pensé en ese discurso disciplinador, multiplicado en distintas instituciones, y en que contar tu historia abre hendijas a otras. ¿Cuál ha sido la respuesta a "Ese que fui"?
—Las repercusiones que tuve fueron increíbles. Este alivio que te contaba también lo fue para mi familia, desde mis hermanos hasta mis sobrinos; mis tíos, mis primos. Todos sabían algo, pero por pudor o porque, como no se hablaba, no se decía. Siento que al tomar la palabra y contar lo que me había pasado en primera persona, sin ningún tipo de vergüenza, habilité que eso también pudiera estar en una charla, en un almuerzo, en una cena. Digo, que sea algo más cotidiano. También está la repercusión de personas que pasaron por situaciones similares, que por primera vez escuchan una voz como para sentirse identificadas. Lo que generan estas situaciones es que, como se trata de la genitalidad, da mucha vergüenza: «Esto hay que esconderlo» (…) Es hablar, recuperar la memoria y la identidad. Es un trabajo doloroso, pero necesario. Y es un camino al que invito a las personas que estén en situaciones de oscuridad todavía.

—En el relato biográfico, hay mucha amorosidad y paz, como decías ¿Este es el registro que estaba desde el inicio?
—Un libro tiene etapas, profundidades, momentos donde uno escribe bajo mucha bronca o mucha paz. En esta última edición, hablo desde la liviandad, desde una persona que ya pasó por la turbulencia y mira a la distancia todo ese camino recorrido. No hablo desde la ira, que la tuve. (…) Durante todos los años en los que fui cronista de policiales, hice casos de violencia de género, contando historias muy dolorosas, y siempre sentía una empatía muy grande. Básicamente, lo que hacemos los periodistas es contar historias de otra persona. Cuando asumí contar la mía, lo que hice fue poner en práctica las herramientas que tenía aprendidas: desde cómo leer un expediente a concentrarme en una foto para ver si había algún dato que me ayudara a hacer la reconstrucción de mi propia vida.

—En noviembre del 2022, ingresó a la cámara de Diputados el proyecto de ley de Protección integral de las características sexuales, impulsado por colectivos intersex. ¿Qué ocurre hoy con las llamadas «cirugías de adecuación» que, en realidad son mutilaciones en las que se infiere un futuro heteronormado? 
Si bien siguen diciéndole a los padres que es la única alternativa, hay otros discursos mucho más amorosos que llegan a la medicina, por suerte. Hay organizaciones intersex que están trabajando a la par con instituciones médicas, con centros de referencia infantiles para tener protocolos cuando nace una niña un niño intersex. Me parece que este libro también busca interpelar, porque yo no creo que los médicos sean en ningún caso enemigos, sino que son parte de una sociedad. Son situaciones que tienen que ir cambiando. Esa ley es imperiosa. Esos niños y esas niñas que están siendo intervenidas ahora van a ser adultos, adultas, y me parece que hay que respetar el goce como un derecho humano. Entonces, a esas personas a las que se las niega solamente por no encajar, para que la mirada del otro sea más apacible, están sacándole el derecho a gozar. Me parece que eso debería ser un llamado de atención y a la reflexión de todos y todas para entender que los cuerpos intervenidos por situaciones estéticas llevan a situaciones complicadas en la adultez.

Debemos plantearnos ser más amorosos con la diversidad de los cuerpos, que no sea algo que «corregir», porque puede generar vergüenza, miedo. Estas son situaciones ajenas a la persona que está habitando ese cuerpo"

—¿Qué le responderías a las personas que plantean que no hacer cirugías “de adecuación” implica vivir en la “indefinición”?
Están haciendo una hipótesis sobre un cuerpo ajeno y creen que, lo que están haciendo, va a mejorarle la calidad de vida (a esas personas). Ese que fui es el testimonio de una persona adulta que fue intervenida a lo largo de toda su vida, como hay un montón de testimonios de personas intersex que también lo fueron. La conclusión que sacamos es que esas cirugías no llevan a un resultado de éxito en la adultez, sino todo lo contrario. Entonces, me parece que debemos plantearnos ser más amorosos con la diversidad de los cuerpos, que esa diversidad sea un punto a favor, que no sea algo que "corregir", porque puede generar vergüenza, miedo. Estas son situaciones ajenas a la persona que está habitando ese cuerpo.

“Como reflexión final –cierra Schamun–, si alguna persona que está escuchando (o leyendo) esta entrevista cree o presume que puede llegar a ser intersex, o hay algún familiar, que guardan este secreto de generación en generación, acérquense a una organización intersex para hablar con pares. Te vuelve a la vida”.

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