El 7 de junio de 1982, una semana antes del final de la guerra de Malvinas, el avión de reconocimiento LearJet 35 T-24 fue derribado por los británicos en inmediaciones de la isla Borbón, un pedacito de tierra al norte de la Gran Malvina que fue un enclave fundamental en el desarrollo del conflicto bélico. Murieron sus cinco tripulantes: Juan José Falconier, Guido Marizza, Marcelo Lotufo, Francisco Luna y Rodolfo De la Colina. Sus restos todavía no fueron identificados formalmente, aunque se sabe que dos de ellos están enterrados en Borbón, en la única tumba de guerra argentina fuera del cementerio de Darwin, donde estarían los otros tres.
Leandro De la Colina y Marcelo Lotufo son hijos de Rodolfo y Marcelo, respectivamente. Luego de atravesar largos duelos por la muerte de sus padres cuando eran muy chicos, el paso del tiempo les permitió comprender la dimensión de lo que hicieron, vivieron y padecieron, ellos y otros cientos de soldados argentinos, en Malvinas.
"No lo creo necesario, es indistinto. Pero es por cómo uno procesa su historia, lo que siento no es un impedimento para el resto", afirma Leandro sobre la posibilidad de identificar o no los restos de su padre. Tiene 50 años y una hermana de 47. Los dos, junto a su madre fallecida en el 2001, visitaron por primera vez las tumbas en Borbón en 1995.
Lotufo y su madre, que vive en Rafaela, piensan diferente y quieren que se avance con la tercera etapa del Plan Humanitario para identificar a los soldados caídos en la guerra cuyos restos figuran bajo la leyenda "Soldado argentino solo conocido por Dios".

Pese a que transitaron duelos parecidos, con muchos puntos de contacto, sienten distinto sobre cómo quieren darle un cierre al reconocimiento y la identificación de los cuerpos de sus padres, dos de los 55 caídos de la Fuera Aérea Argentina (FAA) en la guerra.
"Yo era muy chico, criarte sin tu viejo y viendo las realidades de otros, hace que te lo cuestiones. Por qué me pasó a mí. Pero en 1995 fuimos con once familiares de la tripulación a Borbón y ahí cambió todo. Fue mi ver y tocar", explica Leandro en diálogo con Rosario3 desde Buenos Aires, donde sigue dando clases para la FAA y además trabaja en informática.
Y agrega: "Entender por qué pelearon, entender lo que hicieron, entender, empezás a entender las cosas desde otro lado, desde una perspectiva totalmente diferente una vez que procesaste el dolor".
El vicecomodoro De la Colina fue el oficial de rango más alto en morir en la guerra, no solo de Malvinas sino en todas de las que participó Argentina. Para su hijo, "el dolor se transforma en orgullo pleno". Aunque existía desde antes, "la falta física y el no cerrar el proceso lo hace complicado". Hasta que pudo visitar sus tumbas.

"Yo no sé si hubiera hecho lo mismo con 18 años. Hay que ponerse en ese lugar. No sé cuántos lo haríamos. ¿Vos lo hubieras hecho?", se pregunta Leandro y agrega: "Pasaron momentos muy duros, expusieron su vida por un bien superior y por todos nosotros, que estábamos acá. Entonces hay que tomar dimensión y valor real de lo que hicieron. Trato de hacer eso cuando comparto con algún veterano".
Tanto Marcelo como Leandro viajaron ya en varias oportunidades a Malvinas. Visitaron el cementerio de Darwin y también las tumbas en Borbón. En una de las dos saben que están enterrados sus padres.
Marcelo sostiene que la pregunta más compleja de responder con palabras es acerca de los sentimientos que lo atravesaron cada vez que pisó suelo malvinense. Para él todo cambió de grande y sobre todo después de tener a su primera hija, que hoy tiene seis años. La última vez que fue a las islas, a fines de 2024, resignificó la guerra, el fallecimiento de su papá y del resto de los soldados argentinos.

"Las primeras veces que iba tenía sentimientos encontrados, un poco de alegría, otro poco de euforia, bronca, impotencia, se pregunta por qué. Al ir como padre, me sentí como más en paz", asegura mientras habla con Rosario3 desde San Luis, donde está radicado desde hace 20 años. La voz se le entrecorta.
Leandro, a la distancia y sin haber participado de la misma conversación, abraza esa misma idea: "Tomás conciencia de cómo te cambia el rol, de haber sido siempre hijo a ser padre y verlo reflejado en tu hija. Es como un flash, difícil de explicar".
"Puta, cómo me hubiera gustado que estés acá para vivir este momento. Y después pienso que tengo que estar más fuerte que nunca por ella, por mi hija.No es que no se pueda poner en palabras, pero es mucho más sentimiento que palabras", reflexiona.
